Durante unas vacaciones en Alemania, pasé un par de noches en la casa de unos amigos en Leipzig. Me alojé en su habitación de invitados, un coqueto dormitorio en la buhardilla de su preciosa casa con tejado a dos aguas.
En un espacio reducido habitaban armoniosamente un pequeño sillón, una mesita de noche, una cama y un perchero. Tendida en la cama, a través de una gran claraboya, divisaba por las noches el despejado firmamento del estío alemán y al despertar, el potente azul del cielo. Ése fue el punto de partida de mi idilio de amor con las buhardillas.




